jueves, 1 de diciembre de 2011

Desde el otro lado - Algo del viaje I

El vuelo de Montevideo a Santiago fue muy tranquilo. Día soleado y despejado. A medida que nos acercábamos a Chile, se empezaba a ver la cordillera en el horizonte, como una pintura lejana. En brevísimo tiempo, estábamos pasando sobre esa misma cordillera. Es inexplicable lo que se siente ante tanta belleza. Uno no sabe si sacar fotos para registrar ese momento o si pegarse al vidrio y dejar que esa imagen lo maraville, rezando para que la retina no olvide jamás. Y en segundos, todo se dimensiona de manera diferente. Se pueden ver las montañas con las cumbres nevadas, formando cadenas interminables de picos inverosímiles que se elevan hacia el cielo. Por momentos, el avión pasaba tan cerca de algunas cumbres que daban ganas de sacar la mano e intentar alcanzarlas. El blanco impoluto de las montañas deslumbra y maravilla a quien lo mire. Santiago de Chile está dentro de una “olla geológica” y tiene unos paisajes incomparables.

Seguí maravillándome en el tramo Santiago – Lima. En ese momento, volvían a verse desde lo alto las montañas, pero esta vez se le sumaban elementos que no hacían más que embellecerlas. Cada montaña tiene forma y color propios. No hay dos iguales. Y entre ellas serpentean caminos y carreteras que parecen dibujados a lápiz. Al alejarse un poco más, se veían pueblitos perdidos en medio de ese óleo que quisiera el mejor artista haber pintado. Y todo mejoró cuando el océano vino a coronar la obra de arte. El color celeste profundo del Pacífico hacía la pareja perfecta de las tonalidades de la costa virgen. En momentos como ese, el mar llega a confundirse con el cielo y ya no se sabe dónde empieza uno y dónde acaba el otro. Las nubes sobre el agua dan la sensación de que el mundo se dio vuelta y que para ver el cielo hay que mirar hacia abajo. Es surreal.

Kilómetros y kilómetros de tierra desierta; tierra bendecida por no haber sido aún alcanzada por la mano del hombre. Dichosos los pájaros…

viernes, 21 de octubre de 2011

La Barbie-Susanita uruguaya

La sociedad se ha encargado de colocar una espada de Damocles sobe la cabeza de las mujeres. Si sos mujer tenés que arreglarte, verte siempre linda aunque recién te hayas levantado, delgadita como una bailarina de ballet, pero con las tetas de una vedette y la cola de una gimnasta; tenés que hacer algo productivo como trabajar o estudiar (sin dejar de lado todo lo anterior) y si sos exitosa, ¡mucho mejor!

Tenés que ser novia, amiga, madre, ama de casa, jefa, gimnasta, bailarina y maestra a la vez. Pero siempre luciendo linda. De todas formas, no es tan complicado, es sólo cuestión de voluntad. Mirá: te levantás y vas al club; de ahí te vas a laburar; en el camino visitás a tus padres y llamás por teléfono a tu amiga; cuando llegás del laburo limpiás toda la casa, paseas al perro y hacés la cena; después preparás las vianda para el día siguiente; por último te depilás, te hacés un baño de crema y esperás a tu hombre hecha una diosa; después cenás y te vas a la cama con él. Ah, si tenés hijos, mechás los pañales, los deberes, los juguetes y las peleas entre la depilada y la limpieza. ¿Qué tan complicado puede ser? Las mujeres nos quejamos de llenas. 

Hoy en día es muy fácil ser y hacer todo esto y mucho más... y casi sin esfuerzo. Los científicos y la industria han venido a solucionarnos la vida. Parece que ahora hay unos championes nuevos que levantan la cola y fortalecen los muslos. Y además hay una yerba que ayuda a quemar calorías, perder peso y mejorar la piel. ¿No es genial? Es lo que toda mujer espera. Fijate: ahora, sentada y tomando mate, pero con los championes puestos, estás pronta para el programa de Tinelli en menos de lo que canta un gallo. Incluso, si te queda algo de plata,  te comprás además uno de esos cinturones que dejan los abdominales más marcados que los de Chirs Namús sin necesidad de pisar el gimnasio. Pero siempre sin sacarte los championes, ¡y sin dejar de tomar mate!  

Teniendo eso ya casi no precisás más nada. A menos que te compres un par más de cinturones y te pongas uno en cada brazo para, ya de paso, evitar la vergüenza de que se te sacuda el matambrito que cuelga cuando le hacés adiós a la vecina. Mirá si después le anda contando a todo el barrio que los años te están pegando para el demonio. Es preferible que le cuente a todo el mundo que no te sacás esos championes hace meses y que tenés los dientes verdes de tanto tomar mate, ¿no? Total... ¿quién te quita lo mateado?

jueves, 1 de septiembre de 2011

Decálogo de la Molestia


Me molesta la gente que tiene complejo de Word y termina las palabras que otro está diciendo. (Yo soy una de ellas)

Me molesta la gente que cada vez que te ve (por más que sea 7 veces por día) te saluda como si no te hubiera saludado ya.

Me molestan los guardas que se molestan cuando uno no tiene cambio para pagar el boleto.

Me molestan los términos "guacha divina" y "camión" para referirse a una mujer joven y linda.

Me molesta que las mujeres no se animen a cortarse el pelo.

Me molestan los viejos que corren más rápido que yo en la rambla.

Me molestan los cantantes de ómnibus que te escupen cuando cantan.

Me molesta tener que depilarme.

Me molestan las mozas que dicen "Chicos, qué les sirvo?"

Me molestan las palomas que te pasan volando cerca de la cara haciéndose las boludas.

FIN

miércoles, 24 de agosto de 2011

Ser políglota, google y otras yerbas



Dicen que ser políglota (o poliglota como a los más cultos les gusta decir) mejora la memoria y la capacidad intelectual. También dicen que toda regla tiene una excepción que la confirma. Bueno, mis queridos lectores, tengo el agrado de ser la excepción que confirma esta regla.

Cada día vuelvo a descubrir con asombro y espanto mi frágil memoria cuando al hablar con las personas es cada vez más recurrente la frase "te acordás que te conté" seguida por un "pah, la verdad que no" de mi parte. Cada vez aprendo más idiomas y cada vez olvido más cosas. 

El profesor de Psiquiatría de la Universidad de California de Los Ángeles Joaquín Fuster, (que según dicen habla fluidamente seis idiomas), cree que si se quiere potenciar la memoria, es recomendable abandonar el cómodo monolingüismo ya que "con un segundo idioma se mejoran todas las funciones cognitivas, la atención, la percepción, la memoria, la inteligencia y el lenguaje".

Let’s analyze that!

Ser políglota mejora la atención. Esto no me ha pasado. Muy por el contrario, cada vez tengo más desarrollada la capacidad de abstraerme del mundo que me rodea, al punto de que muchas veces puedo estar mirando a alguien sin darme cuenta de que ese alguien me está hablando.

Ser políglota mejora la percepción. Ahí puedo darle la derecha al Profe, por ejemplo, percibo perfectamente que este no es de mis mejores textos y que mi inspiración viene siendo afectada por el frío. ¿Pero entrará ese hecho dentro de la percepción a la que él se refiere?

Ser políglota mejora la memoria. That’s where he lost me. Comencé a estudiar idiomas sin conocer este hecho, pero cuando leí sobre el tema quedé maravillada ya que, tarde o temprano, (supuestamente) mi memoria mejoraría. Ahora… Embora eu fale três idiomas, continuo a ter uma memória muito frágil. I never remember anything... not dates, not facts...nothing. Actually, sometimes I find myself going somewhere but not remembering exaclty why I’m heading there. Y lo que he notado es que con los años el problema ha aumentado. Aunque debo confesar que tengo la firme convicción de que es todo culpa de Google y Facebook, ya que ahora no tengo que esforzarme por recordar datos importantes, ni fechas de cumpleaños.

Ser políglota mejora la inteligencia. Nunca me consideré una tonta, pero me parece precipitado decir que desde que domino más idiomas mi inteligencia ha aumentado. Sin ir más lejos, en un break que hice mientras escribía esto, me acerqué tanto a la estufa que me quemé. Y mi inteligencia no fue capaz que detenerme diciendo, “ta, suficiente, no te acerques más”. ¿O será que sí me advirtió pero no la escuché por mi poder de abstracción?

Ser políglota mejora el lenguaje. Una vez, le dije a una muchacha a la que estaba preparando para un examen que “pie” se escribe con tilde. Mhhh… ¿Ven? Ya confundí lenguaje con ortografía. Eso definitivamente es un problema de lenguaje.

¿Será que estoy haciendo un análisis incorrecto, desatento, poco inteligente y no perceptivo? Ahora que lo pienso, ¡el estudio habla de un segundo idioma, no de un tercero! El problema es que había decidido investigar más sobre el tema antes de escribir esto pero, como era de esperarse, me olvidé.


lunes, 25 de julio de 2011

¡Salud!

Le pese a quien le pese y cliché como pueda parecer, hoy le dedico unas líneas a Uruguay.

Veníamos con mi hermana hablando de lo ridículo que es el sol con cara de nuestro pabellón (tema digno de análisis) y de lo linda que es la bandera a pesar de ello. Veníamos de festejar el día del padre y mi abuelo repetía como un mantra “Uruguay gana hoy”. Y fue justo esto lo que me hizo querer escribir.

Sé que puede sonar cursi y hasta barato dedicar una entrada a la copa América, pero considero que la ocasión amerita por todo lo vivido ayer. Ayer seis uruguayos de tres generaciones distintas saltábamos y nos abrazábamos cada vez que Uruguay hacía un gol. Será una tontería, pero ver a mi abuelo con esa emoción, feliz de volver a ver a su país levantar una copa, (él que vivió la del 50 y con dieciocho años festejó toda una noche junto a miles de uruguayos), fue algo que va más allá del fútbol. Fue una alegría compartida por nosotros y casi tres millones más que vino a ponerle a este país gris mucho celeste y mucho festejo, ruido, música, papel picado, bocinas y gritos compartidos con gente desconocida.  Alegría que pese al frío quería compartirse con otros uruguayos y demostrarse a la selección que nos había regalado ese momento.

El fútbol es un deporte. Sé que no es más que eso. Pero por algún motivo logra sacar de los uruguayos cosas que pocas veces salen a la vista. Y será tonto, ridículo o hasta exagerado si se quiere, pero es absolutamente válido festejar un triunfo que nos toca a todos como propio. Y ojalá se vivieran muchos triunfos más que los uruguayos consiguen y que muchas veces pasan desapercibidos. Pero ya que esto hoy nos hace festejar, festejemos y sin sentir vergüenza. El paisito es hoy campeón de América, una vez más. Y brindo por ello. ¡Salud!

martes, 12 de julio de 2011

Miscelánea

El fin de semana hubo un clima muy agradable. En medio de un invierno congelante, gris y deprimente, uno no puede darse el lujo de desaprovechar un fin de semana con tiempo agradable. Con esta premisa, el sábado decidí salir a pasear, a tomar aire y estirar las piernas (cosas todas que en invierno hago poco y muy poco). Entonces llamé a una amiga y la invité para que me acompañara en tal evento.

Mi amiga no dudó un instante en dar su afirmativa, ya que le encanta pasear. En realidad le encanta divertirse, sea como sea. Me acuerdo una vez que en plena madrugada llamó para invitarme a salir a jugar al rin-raje, (que dicho sea de paso, acepté). Pero esto será parte de otra historia. En fin, me dijo que sí y quedamos en que pasaría a buscarla por su casa a eso de las tres de la tarde. Y así lo hice.

Decidimos ir al parque Rodó, a ver verde y respirar aire puro (sí, déjenme mantener la ilusión de que en algún lugar de la ciudad aún se respira aire puro). Estaba lleno de gente, familias, amigos, gente sola, gente con perros, perros con gente, gente con gente y perros con perros.   

Estuvimos un buen rato. Tomamos mate, caminamos, tomamos sol y nos reímos mucho de la gente. Nos reímos como siempre lo hacemos cuando salimos juntas (y como ella siempre lo hace aún saliendo sola). El tema es que mi amiga es una caricatura y a la gente le cuesta acostumbrarse a eso. Ella vive desde muy chiquita acá en Uruguay. Su madre se vino de EE.UU. pocos años después de que mi amiga naciera, y meses después de protagonizar su mayor éxito. Es actriz. Bueno, en realidad era actriz. Se llama Jessica Rabbit y ahora se dedica a otras actividades, aunque no sé bien a cuáles. 

La mayoría de la gente ni se inmuta al ver a mi amiga, lo toman como algo natural... es sabido por todos que el uruguayo es un ser de cabeza muy abierta y es, por sobre todas las cosas, muy tolerante. Pero alguno hay que se acerca a hablarle y alguno, incluso, quiere tocarla. Mi amiga se divierte mucho cuando esto pasa y se muestra receptiva. Responde a todo lo que le preguntan, deja que le agarren la mano o el pelo, hasta que una vez saciada su curiosidad finalmente se marchan. Y allí es cuando más se ríe.

Cuando el sol empezó a caer, y comenzaba a refrescar, decidimos irnos a casa. Juntamos nuestras cosas y emprendimos el camino de vuelta. De pronto, y tomándonos por sorpresa, nos cruzamos con un hombre que tenía la cabeza al revés: nuca y pelo para adelante, nariz, ojos y boca para atrás. Como es de esperarse, quedamos muy impresionadas y no supimos bien cómo reaccionar. Sin quererlo nos quedamos mirándolo fijamente, con cara de consternadas y al pasar el hombre por nuestro lado giramos la cabeza para seguir viéndolo. Claro que no contamos con el detalle de que, al tener la cabeza al revés, iba a ver nuestro gesto tan poco cortés. Al vernos refunfuñó un poco y nos dijo algo que no terminamos de entender (pero que sin dudas sonó poco amigable). Habrase visto... un hombre con la cabeza al revés caminando como si tal cosa. Uno nunca deja de sorprenderse con las rarezas de este país.

miércoles, 6 de julio de 2011

Dicen que "recordar" viene del latín "recordari", compuesto por "re" (de nuevo) y "cordis" (corazón). Recordar es, entonces, hacer que algo pase nuevamente por el corazón...


¿Adónde va lo que olvidamos?


Cuando somos niños tendemos a ejercitar mucho la memoria, nos acordamos de cosas que nos parecen importantísimas para nuestra vida. Nos aprendemos de memoria el nombre de todos los personajes de los dibujitos, de las canciones para saltar a la cuerda, del nombre y todos los datos posibles del nene o nena que nos gusta, de la fecha de cumpleaños de la tortuga, de la última vez que fuimos de campamento y todo lo que hicimos... Cuando niños tenemos una fascinación por aprender cosas y recordarlas.

A medida que vamos creciendo nos vamos llenando la cabeza con cosas y datos nuevos. Cargamos nuestro cerebro con información que ahora es mucho más importante que todo lo anterior, y vamos dejando de lado esos datos que teníamos tan frescos y prontos para ser contados a quien preguntara (y a veces también a quien no). Es momento de estudiar, de llenar la cabeza de fórmulas, de hechos históricos, de cálculos matemáticos, de tablas y nombres de autores. Pero es curioso cómo sucede a veces que al encontrarnos con amigos de la infancia o incluso con gente que no compartió nuestra infancia pero que tiene más o menos nuestra edad, casi sin quererlo empiezan a aparecer fantasmas. 

Y de pronto, casi sin darnos cuenta, pasamos a ser testigos de una procesión interminable, colorida y maravillosa de dibujitos, de figuritas, de canciones, de escondidas, de "manchas", de castillitos de arena, de veo-veo, de vestidos de muñecas y pelotas hechas con medias, de cordoncitos en calles no muy transitadas y carrera de barquitos de papel en los charcos, de la vieja de la cuadra a la que nadie se animaba a pedirle que nos devolviera la pelota, de rayuelas, de hermosos maquillajes, de disfraces, de corsos y cabezudos, de piojos y liendres, del arenero, de las hamacas de la escuela, del "chis", el ta-te-ti y el martín pescador, de la bruja de los colores, el cuaderno de la amistad y las cartucheras firmadas.
Las palabras mágicas son: "se acuerdan que..." y como sea que termine la frase, siempre va a haber alguno que no se acordaba de eso hasta que se lo recordaron.

¿Adónde van esas cosas que olvidamos? Seguramente se quedan dormidas dentro de nosotros esperando ser llamadas. A veces duermen tanto, tanto que ya no son capaces de despertar jamás.

¿Y adónde va la gente cuando la olvidamos? ¿Sucede lo mismo con las personas? ¿Se duermen también para siempre? En definitiva, para muchos la vida consiste justamente en eso: en ser recordados, en trascender, en dejar huellas. Casi sin quererlo, y todos los días, ciertas personas nos tocan. Se nos presentan bajo la forma de amigo, de abuela, de vecino, de compañera de estudios, de novia. A veces las conocemos por simple casualidad. Esas personas buscan su caminito para colarse en nuestro cerebro y permanecer allí. Y cuando esas personas por un motivo u otro ya no están, siempre podemos acudir a ellas y encontrarlas en esos recuerdos que nos plantaron, en la idea que tenemos de ellas, en olores, caras y situaciones que nos conmueven y nos hacen volver a los días en que esas personas estaban.

Hoy cuando veas a las personas que querés, tratá de captarlas por completo, de disfrutarlas y guardarlas bien adentro para que permanezcan siempre en tu retina, en tu cerebro, en tu corazón. Así serás dueño de un tesoro que nadie nunca podrá quitarte. 

jueves, 23 de junio de 2011

Las horas

Una vez me pasó que andaba con miles de cosas para hacer. Venía con esas rachas en que todo parece ir a 500 por hora. El tiempo no me alcanzaba para nada de nada. Si comía no estudiaba, si estudiaba no dormía, si dormía no hacía deporte y si hacía deporte no hacía ninguna de las actividades anteriores. Ni hablar de juntarme con amigos y familia. Simplemente el tiempo no me daba. Rogué, lloré e imploré que las horas se alargaran, pero mis plegarias se perdieron en el éter y cada día comprobaba que los días seguían teniendo 24 horas, 1440 minutos, 86400 segundos... ni más ni menos.

Un buen día iba camino al trabajo, a las corridas como siempre, cuando de pronto me pego de frente con un viejo. Tenía un aspecto extraño, y seguramente si lo hubiera visto antes hubiera cruzado la calle. Ropa vieja y enmendada mil veces, barba de semanas y un gorro de lana que parecía tener más años que él. Paré en seco pensando que lo había lastimado con el golpe y le pregunté si estaba bien. Al hablarle me miró a los ojos y noté un brillo fuera de lo común en aquella mirada. Era como si el viejo supiera cosas que yo no sabía. Me contestó que estaba bien, que no me preocupara, y me preguntó adónde iba tan apurada. Le contesté que al trabajo y amagué con seguir en mi corrida, pero el viejo me agarró del brazo. No fue de forma violenta ni nada que se le parezca, simplemente me estaba haciendo notar que él tenía algo más para decirme. Me volví hacia él y lo miré de forma inquisidora.

-Tengo algo que puede interesarte- dijo.
Mi desconcierto no fue menor. Por supuesto que lo primero que imaginé distaba bastante de la legalidad. 
-Lo único que puede interesarme es llegar en hora a trabajar, si me disculpa.- Y nuevamente amagué con irme. 
-Puedo ayudarte.
Entonces, di una ojeada al reloj y vi que ya estaba llegando tarde. Un par de minutos más no harían la diferencia.
-¿Cómo?- pregunté.
- Sé detectar a las personas apuradas. No porque caminen rápido, eso no. A las personas que viven apuradas. Y vos estás viviendo apurada.
- Puede ser...- contesté desconfiada.
- Es. Y puedo ayudarte a cambiar eso.
- ¿Cómo? Es imposible, ya lo pensé y lo repensé pero no puedo ni quiero dejar de hacer las cosas que hago. No quiero dejar cosas, solo quiero que el tiempo me alcance.
- Te regalo 12 horas- dijo.
- ¿Me las regala?
- Sí, te las regalo. No acostumbro cobrar las horas. Me parece de mala educación. No podemos andar vendiendo el tiempo por ahí, puede resultar peligroso. Por eso yo lo regalo.
- Pero no entiendo, - contesté - ¿Usted puede regalarme horas? ¿Cómo funciona esto?
- Es simplemente así, yo te regalo las horas. Pero vos debes asegurarte de usarlas de buena manera. Si las desperdiciás, puede jugarte en contra, ¿está claro?
- Creo que sí - contesté sin creerme mis propias palabras.

El hombre me entregó una cajita. Me dijo que las horas estaban allí adentro y que cada vez que necesitara una solamente debía sacarla y usarla. También podía sacar varias de una vez, pero no todas juntas. Dicho esto, se dio media vuelta y se fue. 

Me encontré parada en medio de una calle que usualmente es muy transitada, pero que por algún motivo en ese momento se encontraba absolutamente desierta. Me vi a mí misma con esa cajita en la mano y no comprendí la situación. Sin reparar mucho en lo absurdo de todo eso, y consciente de que estaba llegando bastante tarde al trabajo, decidí hacer la prueba. Saqué una hora de la cajita y esperé. Nada pasó. Ningún ruido estruendoso, ni flashes, ni luces de colores, ni cámaras rápidas. Absolutamente nada. Entonces comencé a reírme.

- ¡Ah! Yo estoy mal de la cabeza en serio. Ya lo sospechaba, pero esto lo confirma. Aparece un viejo diciendo que me regala horas y ¡yo le creo! Estoy desquiciada en serio. Ahora, como si fuera poco, voy a tener que agregarme un par de horas semanales para visitar a la psicóloga. ¡Pero qué vergüenza! ¿Cómo le cuento esto sin que me quiera internar? 

En esas reflexiones me encontraba cuando llegué a mi trabajo. Imaginen mi espanto cuando al pasar por la maquinita para marcar tarjeta veo que aún falta un minuto para mi hora de entrada.

- Es oficial. Se me fue la moto.

Casi resignada por el reciente descubrimiento de mi trastorno psiquiátrico, comencé mi jornada laboral. 

miércoles, 25 de mayo de 2011

Atando cabos

Estuvo muy ansioso esperando que ese día llegara. Su padre le había dicho que lo harían el domingo. Toda la semana sintió esas mariposas en la panza que dan pauta de que algo está por pasar, algo que esperamos y que, en la mayoría de los casos, queremos que pase. Le contó a sus compañeros del jardín y a todos sus amigos del barrio. Algunos no le creían, le decían que él era muy chico, que eso era muy difícil, que no podía ser. Casi ninguno de ellos había pasado aún por eso y no daban crédito a las palabras de Faustino cuando él afirmaba que el domingo sería el día. Su padre se lo había prometido. Sucedía, incluso, que en los momentos en que él no escuchaba, en el jardín comentaban: "no puede ser", "el lunes va a tener que demostrar si es verdad", "mi hermano tiene ocho y aún no sabe hacerlo".


El sábado de mañana se levantó de la cama y se calzó las pantuflas. Esperó que su madre preparara el desayuno mientras miraba los dibujitos. La familia tenía la costumbre de desayunar en el sillón los fines de semana, informalmente, en pijamas. Su padre se levantó y se fue al living con él. 
-Papá, ¿puede ser hoy?
-No, Faus, te dije que mañana. Yo me tengo que ir después del desayuno a terminar algo en la oficina, hoy no puedo, no tengo mucho tiempo. Pero tenés que prepararte bien. Mañana, cuando llegue el momento, tenés que estar concentrado y prestar mucha atención, esto es algo muy importante, ¿sabés?
-Sí, papá. ¡Va a ser un día especial!

El resto del sábado transcurrió como cualquier otro sábado. Algunas horas después del desayuno vino el almuerzo, después la siesta y después a jugar a la placita. En el arenero los amigos le preguntaron "¿Y?", "A ver, ¡mostranos!". Pero Faustino respondía que aún no había llegado el momento, iba a ser el domingo. Jugó hasta cansarse en las hamacas, en el arenero y con una pelota nueva que le habían regalado a Nico para su cumpleaños. Cuando empezó a refrescar y los adultos empezaron a llamarlos para irse cada uno a su casa, algunos le desearon suerte, otros lo abrazaban y asentían con la cabeza como hace un padre orgulloso cuando su hijo hace su primer gol. Algunos pocos envidiosos no le prestaron la mínima atención.

El sábado a la noche, ya bañado y cenado, se fue a la cama. Su madre le leyó algunas páginas de Alicia en el País de las Maravillas, como venía haciendo desde algunos meses. A Faustino le fascinaba ese libro. Le encantaba que Alicia se agrandara y se achicara comiendo torta y que hubiera un bebé que en realidad era un chancho. Pero esa noche, como su madre pudo notar, no dio mucho corte al cuento. Estaba pensando en otra cosa; en cosas de grandes.
-Hoy quiero dormirme temprano, no me leas más.
Su mamá le dio un beso, apagó la luz y lo dejó dormir. Pero, en realidad, en cuanto ella salió del cuarto, Faustino fue hasta el cajón de los zapatos y sacó un par de championes y los dejó al costado de su cama. Entonces se durmió tranquilo.  

El domingo se despertó más temprano que de costumbre y agarró los championes que había dejado al costado de la cama. Eran sus championes favoritos porque ¡tenían cordones! Todos los demás tenían velcro o hebillas…cosas de bebés. Pero esos no; esos championes eran de grandes porque tenían cordones. Con los championes en la mano, fue corriendo hasta el cuarto de sus padres, pero vio que su padre ya se había levantado. Entonces, corrió hasta el living y lo encontró leyendo el diario. Su padre cerró el diario en cuanto lo vio allí parado, en la entrada del living, con sus 90 centímetros de altura y una sonrisa de oreja a oreja…y, por supuesto, los championes azules en la mano.

El lunes, cuando llegó al jardín, Faustino entró saludando a todos como si fuera una estrella. Cuando llegó la hora del recreo, todos los niños corrieron desesperados para el patio como siempre hacían, pero Faustino caminó tranquilo y sin apuros, sin dejar de sonreír. La maestra se acercó y le preguntó si estaba bien.
-       Mejor que nunca, maestra.
Entonces le preguntó si no iba a jugar con los otros niños.
-       Estoy yendo, lo que pasa es que si corro mucho los cordones se me van a desatar y cuando me los ate todos estos niños me van a pedir que les enseñe, y ellos son muy chiquitos todavía.

domingo, 8 de mayo de 2011

Por tanto mirar...

Resulta que tengo un compañero de trabajo que todos los días parece diferente. Al principio, cuando recién lo conocí, todos los días me parecía casi una persona distinta. En un primer momento yo lo atribuí al cambio de ropa ya que, coqueto como es, todos los días viste con prendas distintas. Esa es una cualidad intrínseca de la ropa: influir sobre la apariencia de alguien. Una persona vestida de entre casa, al ponerse ropa de trabajo o de fiesta cambia, y en algunos casos llega a parecer una persona diferente. Pero lo que me extrañaba de mi compañero era que, si bien cambiaba de ropa (color de buzo, textura de camisa, tamaños de corbata), siempre mantenía la condición de "vestido de trabajo", por lo que el cambio de apariencia no debería pasar por el lado de la ropa. 

Entonces noté que algunos días se afeitaba y otros no, y me dije que debería ser esa la causa. Pero como todo en la vida, cuando uno presta atención a ciertas cosas, las perspectivas cambian. Por ejemplo, cuando uno se compra un auto empieza a notar la cantidad de autos de igual marca o igual color que hay en la vuelta. Eso es por la atención que se presta. Entonces comencé a prestarle atención a su barba. Pero para mi sorpresa, con el pasar de los días, la barba iba y venía sin que eso afectara mayormente la apariencia de mi compañero. 
¿Qué era entonces? ¡Ese asunto me estaba volviendo loca!
El pelo... tenía que ser el pelo, que al crecer le diera un toque diferente. Pero rápidamente descarté también esa teoría. 
¿Qué es? ¿Qué es?

Empecinada en develar el misterio, me propuse hacer un estudio minucioso del caso:
Lunes - camisa blanca, buzo rojo, pelo prolijo, barba cero.
Martes - camisa celeste, buzo azul, pelo prolijo, barba incipiente.
Y así trabajé arduamente en mi investigación, observando (procurando no ser notada), sacando apuntes.
Hasta que lo descubrí: mi compañero todos los días cambiaba de nariz. ¿De nariz? Sí, puedo afirmarlo, de nariz.
Observé y observé y esa fue mi conclusión. 

Mi compañero tenía la precaución de que el cambio no fuera demasiado notorio: un día aparecía con una nariz recta, de esas rectilíneas y con ángulos pronunciados; al día siguiente vestía una nariz de tipo griega, parecida a la recta, pero diferente; de allí, paulatinamente, pasaba a una nariz aguileña, no demasiado aguileña para que no se notara mucho; y con el correr de los días la nariz ya era respingada, o de bruja, o de la forma que se le ocurriera. 

Me pregunté por qué una persona cambiaría de nariz todos los días. Yo creo que no me animaría. Sí cambiaría de manos, por ejemplo, así cuando tuviera que amasar tendría unas manos enormes y fuertes, y un día que tuviera una fiesta tendría unas manos con dedos largos y delicados. Eso resultaría práctico, pero cambiar de nariz no tenía ningún sentido para mí. Resolví, entonces, preguntarle a mi compañero porqué lo hacía, pero estuve días y días juntando coraje y aún así no me animaba. Tenía miedo de ofenderlo.

Hasta que un día finalmente lo hice. Su sorpresa no fue menor al tomar conocimiento de que alguien lo había notado, y en principio se mostró reticente. Me negó rotundamente el hecho, diciendo que eran locuras mías. Pero yo estaba segura que no lo estaba imaginando… ¡hasta había hecho dibujos de sus narices! Viendo que yo no cesaba de mirarlo, día tras día, para averiguar qué nariz tendría en la ocasión, un día finalmente confesó. Me dijo que era verdad que todos los días cambiaba de nariz, pero me rogó que no se lo dijera a nadie. Me dijo que no sabía cómo explicarlo, pero simplemente cada mañana sentía la necesidad de cambiar de nariz. Entonces lo hacía. Diseñó una modalidad sumamente pensada para que el cambio no fuera brusco y nadie lo notara, y hasta el momento le había funcionado a la perfección.

Siempre miro mucho a la gente, es un defecto que tengo. A veces en el ómnibus me encuentro con miradas ofuscadas ante mi observación prolongada. Pero así como mi compañero no puede evitar cambiar de nariz, yo no puedo evitar mirar a la gente. Y el descubrir personas que cambian de narices es un riesgo que corro.

domingo, 1 de mayo de 2011

Esta es una historia real...

La noche es el momento esperado por muchos seres vivos que habitan la jungla: los animales nocturnos. Noctámbulos, hábiles y rápidos, estos seres aprovechan la oscuridad de la profunda noche para procurar su alimento. Ellos cazan de noche debido al clima y a que en la oscuridad sus sentidos se aguzan. Algunos ven en la oscuridad, otros tienen su sentido auditivo tan desarrollado que no precisan la vista, y otros se orientan por el olfato.

En la ciudad tiene lugar un fenómeno similar. En la jungla de cemento, un sinfín de criaturas carnívoras se agazapan al caer el sol y se disponen para la vigilia, el acecho y finalmente la embestida. Todas estas criaturas tienen su objetivo muy claro. Algunas, las más audaces, lanzan su ataque a tempranas horas y disfrutan de su trofeo por más tiempo. Otras, las más tímidas o inseguras, vacilan, dudan… y cuando por fin se deciden a actuar, muchas veces, ya es demasiado tarde.

La noche transforma a los seres vivos. Y mientras unos se apaciguan con la llegada de la oscuridad, otros ven su ánimo alterado, sacudido. La noche los llama y ellos deben responder a ese llamado.

Y existe un lugar al que acude esta última clase de criaturas nocturnas…


Esta es una historia real, le pasó a la amiga de una amiga. Todo ocurrió una noche de viernes... 
Ella se encontraba en un boliche de la ciudad de Montevideo. De pronto, fue que el hecho sucedió. Una voz masculina le dice en su oído...."aprovechemos que está sonando Coti".
Primera pregunta que se le viene a la cabeza: ¿quién carajo es Coti? Si hubiese sido una de esas fanatiquitas de la música romántica la respuesta le hubiera venido rápido a la cabeza, pero no. Por otra parte, ¿por qué deberíamos aprovechar que está sonando? ¿Sería que se trataba de una especie de conjuro y al momento de terminar la canción de Coti el boliche desaparecería y se convertiría en un galpón abandonado, y todos los bailarines volverían a ser roedores? Poco probable. Y por otro lado... deberíamos aprovechar ¿para qué?

Aprovechemos que está sonando Coti, tenés los ojos más lindos, contigo me caso, me gusta tu amiga, por vos dejo hasta a mi madre, me encanta tu pelo, ¿estudiás o trabajás?, sos la única que me provoca, te invito un trago, beso en la cabeza, te agarro la mano, tenés una sonrisa hermosa, te miro fijo como si pudiera hipnotizarte, te saco a bailar aunque no quieras y te declaro amor eterno... ejemplos claros de frases y conductas nocturnas (o nocheras, para ser más claros), tácticas de caza. Mejores o peores, pero tácticas al fin. 

Ella no quiso aprovechar que estuviese sonando Coti. La táctica falló. El cazador no llegó a su objetivo. Pero un fracaso raramente desanima a estos cazadores, quienes, perseverantes, no permanecen en un solo lugar, sino que continúan su búsqueda, incansables, creativos.

viernes, 22 de abril de 2011

MINI TEATRO

Por costumbre familiar fui a colegio y liceo de monjas. Cuando estaba en la escuela, al llegar fin de año y cerca de la fecha de navidad, se organizaba un pesebre viviente. Aquello era una conmoción, un revuelo, todo una movida digna de ser registrada por los mejores paparazzis. Maestras, monjas y talleristas organizando y desorganizando todo. Días y días de actividades interminables y cuestiones por resolver.
¿Dónde lo armamos?, ¿ponemos piedras de verdad o las hacemos con papel roca, ese marroncito que nos sobró de la navidad del año pasado?, ¿cuántos niños precisamos para ser pastores y cuántos para ser ovejas?, ¿quién se encarga de la ropa?, tenemos que prescindir de la vaca y del burro porque harían tremendo enchastre, ¿usamos un muñeco o pedimos un bebé de verdad prestado para hacer de Jesús?... y lo más importante: ¿Quién va a hacer de María?

Yo siempre quise ser María en el pesebre, pero la categoría más alta a la que pude llegar fue Pastor. En realidad mi rol fue muchas veces el de voz en off porque "lees tan bien".  Nunca estuve siquiera entre la lista de candidatas para ser María, porque obviamente había un top ten, más bien five, que invlocuraba a varias de las niñas más lindas y más rubias y más blancas y más flaquitas de la clase. Quitando el blanco, yo no calzaba en ninguna de esas categorías. 

Igual siempre me pregunté por qué yo no podía ser María... ¿sería por mi pelo oscuro? Después de todo, ¿María no era palestina? ¿Habrá sido tan rubia, tan blanca y con ojos tan celestes como las maestras y las monjas decían? Ese tema nunca me cerró del todo. Pero, ojo, ahora que lo miro en perspectiva, con una capacidad de opinión un poco más formada y dejando de lado la subjetividad generada por la desilusión de ser una oveja (o de nuevo la voz en off), me doy cuenta de que todo eso no era más que un mini teatro de la realidad, una petit versión de lo que pasa a gran escala. A diario nos encontramos con personas que son dejadas de lado por lo que parecen, personas a las que no se le dan oportunidades. Nosotros mismos lo hacemos todo el tiempo, juzgamos a las personas de acuerdo con nuestros propios parámetros de cómo son las cosas y cómo deben ser: 
Si usa gorro es plancha, si es plancha no labura, si no labura no tiene plata, si no tiene plata seguro me roba.
Si usa morral es hippy, si es hippy fuma porro, si fuma porro es drogadicto, si es drogadicto está fuera de la sociedad, si está fuera de la sociedad mejor ni me le acerco.
Y así un millón de ejemplos. Vivimos juzgando a la gente y cerrando puertas por las apariencias y por la idea que nosotros nos hemos hecho de las cosas. Y al juzgar negamos oportunidades. No se me mal entienda, no pretendo hacer demagogia ni enseñar nada, esto es una mera reflexión que me surge de un recuerdo de la infancia. Tal vez sea un rencor hacia esas maestras que me negaron la alegría de ser María por el hecho de no ser rubia. Pero me lleva a pensar que andamos por la vida generando rencores por no abrir la cabeza y abrir paso a nuevas ideas. ¿Hubiera sido tan terrible que una niña morocha, negra, gorda o fea hiciera de María?

Dudo mucho que si me hubiesen dejado ser María hoy fuera una estrella de Hollywood, (seguramente ni siquiera fuera un extra en alguna telenovela sobreactuada), pero siempre se quedarán con la duda.  Eso sí, si alguna vez tengo una hija, no la voy a mandar a colegio de monjas. Y si lo hago, me voy a asegurar de que llegue rubia a fin de año.

lunes, 18 de abril de 2011

La vida misma

Un día largo, mucho trabajo, mucho cansancio, el clima no ayuda. Llego a casa y finalmente me bajo de los zancos. Vuelvo a ser yo, chiquita, poco elegante, pero yo. Casi tan auténtica como al momento de levantarme cuando estoy despeinada, sin cuidar el atuendo, con mal aliento y la cara hinchada. Me saco el disfraz de bancaria y me preparo para el relax. ¿En qué consiste? En sentarme en el sillón a merendar y mirar tele. Nada ambicioso. Sólo relax.
Pero justo cuando apoyo mi humanidad en el tan ansiado sillón.... riiiiing. ¿El teléfono? No. No tengo. Es el bendito portero eléctrico. ¿Por qué, por qué? ¿Por qué justo ahora? No estoy esperando a nadie. En estos momentos maldigo vivir en apartamento. Más maldigo vivir en un edificio sin un portero humano. No quiero bajar a abrirle a nadie, ni siquiera quiero ir hasta el portero y atender. Aunque pensándolo bien, si viviera en una casa no sería mucho mejor... también tendría que pararme e ir hasta la puerta, o al menos hasta la ventana. Aunque si se trata de una casa pequeña, quizás un “¿quién es?” desde el sillón alcanzaría. Pero no. No es el caso, y tengo que pararme. O no. Mejor no me paro nada. Si es alguien que me conoce y me quiere ver seguramente me llame por celular. Además si me paro, y atiendo y tengo que bajar a abrir, voy a tener que “vestirme” de nuevo, por lo menos de una forma decente. Me olvido del tema. Prendo la tele. Riiiiiiiiing!!!!!
¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!! Me enojo, me fastidio, me enloquece saber que la maldita cosa va a seguir sonando. Me paro y cuando lo hago me engancho el pie en la alfombra y ¡pumba!... de cara al piso. Buenísimo, me doblé la muñeca, quedó contorsionada de una manera casi artística. Trato de tranquilizarme, respiro hondo... tomo los reparos necesarios para no volver a tropezar. Me paro. La muñeca me duele como el demonio. Así que decido ir hasta la heladera en busca de hielo, obviamente antes de atender el portero, después de todo, mi salud es más importante.  Así que llego al freezer, agarro la cubetera y la pongo en la pileta para no andar desparramando hielo. La muy descarada está dura que da miedo. Con una mano sola y ayudándome de un poco de agua tibia, consigo que dos tímidos cubitos se dignen a salir. Los pongo en el primer trapo que encuentro. Tiene un poco de olor a humedad, pero ahora no es momento de andar con elegancias. Lo coloco sobre la muñeca para evitar que la inflamación continúe aumentando.
Ya está. El daño está hecho. No me queda otra que atender el portero... Me acerco, y cuando agarro el tubo ¡el muy maldito me da corriente! Tres cosas vienen a mi mente en ese momento: una- no llamé al técnico para que lo repare como debía haberlo hecho hace más de una semana, dos- entre apuros y caídas me olvidé de ponerme las pantuflas, tres- el hielo moja.
Mientras dejo caer el tubo, con una muñeca hinchada y una mano sentida por la patada, escucho una vocecita que me pregunta “¿Buenas tardes, le interesa afiliarse a una emergencia médica?”

La Era de la Tengología

Hoy en día todo se trata de tener. Tener pc, laptop, ipod, cable, tv plasma, cámara digital, mp3, mp4, mpMil, cds, dvd, banda ancha, banda larga, simétrica, asimétrica, todas las bandas posibles. Tener el play station 1, el 2 y cuánto más grande el número mejor. Tener wiFi, wii, y todas las palabras cortitas que pueda, si son chinas, mejor. Tener un celular, o dos, o incluso tres, en el más lindo de los casos. Tener un auto o un amigo con ídem. Tener, tener, tener...
Tengo lo que quería, pero ya no lo quiero y ahora quiero otra cosa. Precisaba lo que ahora tengo, pero ahora no es necesidad. Tengo que tener otra cosa. Tengo.
¿Será que también quiero tener un millón de amigos como Roberto Carlos? ¿O se trata sólo de un tener material? Tengo lo que puedo comprar... ¿Te puedo comprar? Entonces te quiero tener, te compro y te tengo. Te pongo en una repisa como un trofeo, te exhibo por la calle o enchufado a un cable, te pongo en mi mesa de luz como si no pudiera dormir si no estás en el cajón, te cargo la batería por la noche y durante el día te uso hasta agotarte, te uso mal y leo tu manual si me acuerdo dónde está, corrijo mis errores y te sigo usando, disculpame no quiero agotarte, te saco las pilas y las recargo por 14 horas. Te tengo y te uso hasta que me aburrís. Ya no te necesito, pero igual te tengo, y ¡qué suerte tengo de tenerte!
¡Es la era de la Tengología! ¡Qué bueno es tener! Cuanto más tengo más soy, cuanto más tengo más valgo, cuanto más tengo más me quiero y más me quieren los demás...