Las mismas caras en los mismos lugares, a horas repetidas. Pocos saludos, o ninguno. La ciudad nos apura y no nos deja saludar.
Las mismas horas para ver las mismas caras, y a veces verlas a otras horas y en otros lugares. Y ahí sí, algunos saludos. La rutina no nos deja saludar, pero el cambio, a veces, sí.
Los mismos saludos a las mismas caras y pocas cosas que decir y que escuchar. Es la vida robótica en la ciudad.