El vuelo de Montevideo a Santiago fue muy tranquilo. Día soleado y despejado. A medida que nos acercábamos a Chile, se empezaba a ver la cordillera en el horizonte, como una pintura lejana. En brevísimo tiempo, estábamos pasando sobre esa misma cordillera. Es inexplicable lo que se siente ante tanta belleza. Uno no sabe si sacar fotos para registrar ese momento o si pegarse al vidrio y dejar que esa imagen lo maraville, rezando para que la retina no olvide jamás. Y en segundos, todo se dimensiona de manera diferente. Se pueden ver las montañas con las cumbres nevadas, formando cadenas interminables de picos inverosímiles que se elevan hacia el cielo. Por momentos, el avión pasaba tan cerca de algunas cumbres que daban ganas de sacar la mano e intentar alcanzarlas. El blanco impoluto de las montañas deslumbra y maravilla a quien lo mire. Santiago de Chile está dentro de una “olla geológica” y tiene unos paisajes incomparables.
Seguí maravillándome en el tramo Santiago – Lima. En ese momento, volvían a verse desde lo alto las montañas, pero esta vez se le sumaban elementos que no hacían más que embellecerlas. Cada montaña tiene forma y color propios. No hay dos iguales. Y entre ellas serpentean caminos y carreteras que parecen dibujados a lápiz. Al alejarse un poco más, se veían pueblitos perdidos en medio de ese óleo que quisiera el mejor artista haber pintado. Y todo mejoró cuando el océano vino a coronar la obra de arte. El color celeste profundo del Pacífico hacía la pareja perfecta de las tonalidades de la costa virgen. En momentos como ese, el mar llega a confundirse con el cielo y ya no se sabe dónde empieza uno y dónde acaba el otro. Las nubes sobre el agua dan la sensación de que el mundo se dio vuelta y que para ver el cielo hay que mirar hacia abajo. Es surreal.
Kilómetros y kilómetros de tierra desierta; tierra bendecida por no haber sido aún alcanzada por la mano del hombre. Dichosos los pájaros…