lunes, 18 de abril de 2011

La vida misma

Un día largo, mucho trabajo, mucho cansancio, el clima no ayuda. Llego a casa y finalmente me bajo de los zancos. Vuelvo a ser yo, chiquita, poco elegante, pero yo. Casi tan auténtica como al momento de levantarme cuando estoy despeinada, sin cuidar el atuendo, con mal aliento y la cara hinchada. Me saco el disfraz de bancaria y me preparo para el relax. ¿En qué consiste? En sentarme en el sillón a merendar y mirar tele. Nada ambicioso. Sólo relax.
Pero justo cuando apoyo mi humanidad en el tan ansiado sillón.... riiiiing. ¿El teléfono? No. No tengo. Es el bendito portero eléctrico. ¿Por qué, por qué? ¿Por qué justo ahora? No estoy esperando a nadie. En estos momentos maldigo vivir en apartamento. Más maldigo vivir en un edificio sin un portero humano. No quiero bajar a abrirle a nadie, ni siquiera quiero ir hasta el portero y atender. Aunque pensándolo bien, si viviera en una casa no sería mucho mejor... también tendría que pararme e ir hasta la puerta, o al menos hasta la ventana. Aunque si se trata de una casa pequeña, quizás un “¿quién es?” desde el sillón alcanzaría. Pero no. No es el caso, y tengo que pararme. O no. Mejor no me paro nada. Si es alguien que me conoce y me quiere ver seguramente me llame por celular. Además si me paro, y atiendo y tengo que bajar a abrir, voy a tener que “vestirme” de nuevo, por lo menos de una forma decente. Me olvido del tema. Prendo la tele. Riiiiiiiiing!!!!!
¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!! Me enojo, me fastidio, me enloquece saber que la maldita cosa va a seguir sonando. Me paro y cuando lo hago me engancho el pie en la alfombra y ¡pumba!... de cara al piso. Buenísimo, me doblé la muñeca, quedó contorsionada de una manera casi artística. Trato de tranquilizarme, respiro hondo... tomo los reparos necesarios para no volver a tropezar. Me paro. La muñeca me duele como el demonio. Así que decido ir hasta la heladera en busca de hielo, obviamente antes de atender el portero, después de todo, mi salud es más importante.  Así que llego al freezer, agarro la cubetera y la pongo en la pileta para no andar desparramando hielo. La muy descarada está dura que da miedo. Con una mano sola y ayudándome de un poco de agua tibia, consigo que dos tímidos cubitos se dignen a salir. Los pongo en el primer trapo que encuentro. Tiene un poco de olor a humedad, pero ahora no es momento de andar con elegancias. Lo coloco sobre la muñeca para evitar que la inflamación continúe aumentando.
Ya está. El daño está hecho. No me queda otra que atender el portero... Me acerco, y cuando agarro el tubo ¡el muy maldito me da corriente! Tres cosas vienen a mi mente en ese momento: una- no llamé al técnico para que lo repare como debía haberlo hecho hace más de una semana, dos- entre apuros y caídas me olvidé de ponerme las pantuflas, tres- el hielo moja.
Mientras dejo caer el tubo, con una muñeca hinchada y una mano sentida por la patada, escucho una vocecita que me pregunta “¿Buenas tardes, le interesa afiliarse a una emergencia médica?”

No hay comentarios:

Publicar un comentario