Por costumbre familiar fui a colegio y liceo de monjas. Cuando estaba en la escuela, al llegar fin de año y cerca de la fecha de navidad, se organizaba un pesebre viviente. Aquello era una conmoción, un revuelo, todo una movida digna de ser registrada por los mejores paparazzis. Maestras, monjas y talleristas organizando y desorganizando todo. Días y días de actividades interminables y cuestiones por resolver.
¿Dónde lo armamos?, ¿ponemos piedras de verdad o las hacemos con papel roca, ese marroncito que nos sobró de la navidad del año pasado?, ¿cuántos niños precisamos para ser pastores y cuántos para ser ovejas?, ¿quién se encarga de la ropa?, tenemos que prescindir de la vaca y del burro porque harían tremendo enchastre, ¿usamos un muñeco o pedimos un bebé de verdad prestado para hacer de Jesús?... y lo más importante: ¿Quién va a hacer de María?
Yo siempre quise ser María en el pesebre, pero la categoría más alta a la que pude llegar fue Pastor. En realidad mi rol fue muchas veces el de voz en off porque "lees tan bien". Nunca estuve siquiera entre la lista de candidatas para ser María, porque obviamente había un top ten, más bien five, que invlocuraba a varias de las niñas más lindas y más rubias y más blancas y más flaquitas de la clase. Quitando el blanco, yo no calzaba en ninguna de esas categorías.
Igual siempre me pregunté por qué yo no podía ser María... ¿sería por mi pelo oscuro? Después de todo, ¿María no era palestina? ¿Habrá sido tan rubia, tan blanca y con ojos tan celestes como las maestras y las monjas decían? Ese tema nunca me cerró del todo. Pero, ojo, ahora que lo miro en perspectiva, con una capacidad de opinión un poco más formada y dejando de lado la subjetividad generada por la desilusión de ser una oveja (o de nuevo la voz en off), me doy cuenta de que todo eso no era más que un mini teatro de la realidad, una petit versión de lo que pasa a gran escala. A diario nos encontramos con personas que son dejadas de lado por lo que parecen, personas a las que no se le dan oportunidades. Nosotros mismos lo hacemos todo el tiempo, juzgamos a las personas de acuerdo con nuestros propios parámetros de cómo son las cosas y cómo deben ser:
Si usa gorro es plancha, si es plancha no labura, si no labura no tiene plata, si no tiene plata seguro me roba.
Si usa morral es hippy, si es hippy fuma porro, si fuma porro es drogadicto, si es drogadicto está fuera de la sociedad, si está fuera de la sociedad mejor ni me le acerco.
Y así un millón de ejemplos. Vivimos juzgando a la gente y cerrando puertas por las apariencias y por la idea que nosotros nos hemos hecho de las cosas. Y al juzgar negamos oportunidades. No se me mal entienda, no pretendo hacer demagogia ni enseñar nada, esto es una mera reflexión que me surge de un recuerdo de la infancia. Tal vez sea un rencor hacia esas maestras que me negaron la alegría de ser María por el hecho de no ser rubia. Pero me lleva a pensar que andamos por la vida generando rencores por no abrir la cabeza y abrir paso a nuevas ideas. ¿Hubiera sido tan terrible que una niña morocha, negra, gorda o fea hiciera de María?
Dudo mucho que si me hubiesen dejado ser María hoy fuera una estrella de Hollywood, (seguramente ni siquiera fuera un extra en alguna telenovela sobreactuada), pero siempre se quedarán con la duda. Eso sí, si alguna vez tengo una hija, no la voy a mandar a colegio de monjas. Y si lo hago, me voy a asegurar de que llegue rubia a fin de año.