viernes, 22 de abril de 2011

MINI TEATRO

Por costumbre familiar fui a colegio y liceo de monjas. Cuando estaba en la escuela, al llegar fin de año y cerca de la fecha de navidad, se organizaba un pesebre viviente. Aquello era una conmoción, un revuelo, todo una movida digna de ser registrada por los mejores paparazzis. Maestras, monjas y talleristas organizando y desorganizando todo. Días y días de actividades interminables y cuestiones por resolver.
¿Dónde lo armamos?, ¿ponemos piedras de verdad o las hacemos con papel roca, ese marroncito que nos sobró de la navidad del año pasado?, ¿cuántos niños precisamos para ser pastores y cuántos para ser ovejas?, ¿quién se encarga de la ropa?, tenemos que prescindir de la vaca y del burro porque harían tremendo enchastre, ¿usamos un muñeco o pedimos un bebé de verdad prestado para hacer de Jesús?... y lo más importante: ¿Quién va a hacer de María?

Yo siempre quise ser María en el pesebre, pero la categoría más alta a la que pude llegar fue Pastor. En realidad mi rol fue muchas veces el de voz en off porque "lees tan bien".  Nunca estuve siquiera entre la lista de candidatas para ser María, porque obviamente había un top ten, más bien five, que invlocuraba a varias de las niñas más lindas y más rubias y más blancas y más flaquitas de la clase. Quitando el blanco, yo no calzaba en ninguna de esas categorías. 

Igual siempre me pregunté por qué yo no podía ser María... ¿sería por mi pelo oscuro? Después de todo, ¿María no era palestina? ¿Habrá sido tan rubia, tan blanca y con ojos tan celestes como las maestras y las monjas decían? Ese tema nunca me cerró del todo. Pero, ojo, ahora que lo miro en perspectiva, con una capacidad de opinión un poco más formada y dejando de lado la subjetividad generada por la desilusión de ser una oveja (o de nuevo la voz en off), me doy cuenta de que todo eso no era más que un mini teatro de la realidad, una petit versión de lo que pasa a gran escala. A diario nos encontramos con personas que son dejadas de lado por lo que parecen, personas a las que no se le dan oportunidades. Nosotros mismos lo hacemos todo el tiempo, juzgamos a las personas de acuerdo con nuestros propios parámetros de cómo son las cosas y cómo deben ser: 
Si usa gorro es plancha, si es plancha no labura, si no labura no tiene plata, si no tiene plata seguro me roba.
Si usa morral es hippy, si es hippy fuma porro, si fuma porro es drogadicto, si es drogadicto está fuera de la sociedad, si está fuera de la sociedad mejor ni me le acerco.
Y así un millón de ejemplos. Vivimos juzgando a la gente y cerrando puertas por las apariencias y por la idea que nosotros nos hemos hecho de las cosas. Y al juzgar negamos oportunidades. No se me mal entienda, no pretendo hacer demagogia ni enseñar nada, esto es una mera reflexión que me surge de un recuerdo de la infancia. Tal vez sea un rencor hacia esas maestras que me negaron la alegría de ser María por el hecho de no ser rubia. Pero me lleva a pensar que andamos por la vida generando rencores por no abrir la cabeza y abrir paso a nuevas ideas. ¿Hubiera sido tan terrible que una niña morocha, negra, gorda o fea hiciera de María?

Dudo mucho que si me hubiesen dejado ser María hoy fuera una estrella de Hollywood, (seguramente ni siquiera fuera un extra en alguna telenovela sobreactuada), pero siempre se quedarán con la duda.  Eso sí, si alguna vez tengo una hija, no la voy a mandar a colegio de monjas. Y si lo hago, me voy a asegurar de que llegue rubia a fin de año.

lunes, 18 de abril de 2011

La vida misma

Un día largo, mucho trabajo, mucho cansancio, el clima no ayuda. Llego a casa y finalmente me bajo de los zancos. Vuelvo a ser yo, chiquita, poco elegante, pero yo. Casi tan auténtica como al momento de levantarme cuando estoy despeinada, sin cuidar el atuendo, con mal aliento y la cara hinchada. Me saco el disfraz de bancaria y me preparo para el relax. ¿En qué consiste? En sentarme en el sillón a merendar y mirar tele. Nada ambicioso. Sólo relax.
Pero justo cuando apoyo mi humanidad en el tan ansiado sillón.... riiiiing. ¿El teléfono? No. No tengo. Es el bendito portero eléctrico. ¿Por qué, por qué? ¿Por qué justo ahora? No estoy esperando a nadie. En estos momentos maldigo vivir en apartamento. Más maldigo vivir en un edificio sin un portero humano. No quiero bajar a abrirle a nadie, ni siquiera quiero ir hasta el portero y atender. Aunque pensándolo bien, si viviera en una casa no sería mucho mejor... también tendría que pararme e ir hasta la puerta, o al menos hasta la ventana. Aunque si se trata de una casa pequeña, quizás un “¿quién es?” desde el sillón alcanzaría. Pero no. No es el caso, y tengo que pararme. O no. Mejor no me paro nada. Si es alguien que me conoce y me quiere ver seguramente me llame por celular. Además si me paro, y atiendo y tengo que bajar a abrir, voy a tener que “vestirme” de nuevo, por lo menos de una forma decente. Me olvido del tema. Prendo la tele. Riiiiiiiiing!!!!!
¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!! Me enojo, me fastidio, me enloquece saber que la maldita cosa va a seguir sonando. Me paro y cuando lo hago me engancho el pie en la alfombra y ¡pumba!... de cara al piso. Buenísimo, me doblé la muñeca, quedó contorsionada de una manera casi artística. Trato de tranquilizarme, respiro hondo... tomo los reparos necesarios para no volver a tropezar. Me paro. La muñeca me duele como el demonio. Así que decido ir hasta la heladera en busca de hielo, obviamente antes de atender el portero, después de todo, mi salud es más importante.  Así que llego al freezer, agarro la cubetera y la pongo en la pileta para no andar desparramando hielo. La muy descarada está dura que da miedo. Con una mano sola y ayudándome de un poco de agua tibia, consigo que dos tímidos cubitos se dignen a salir. Los pongo en el primer trapo que encuentro. Tiene un poco de olor a humedad, pero ahora no es momento de andar con elegancias. Lo coloco sobre la muñeca para evitar que la inflamación continúe aumentando.
Ya está. El daño está hecho. No me queda otra que atender el portero... Me acerco, y cuando agarro el tubo ¡el muy maldito me da corriente! Tres cosas vienen a mi mente en ese momento: una- no llamé al técnico para que lo repare como debía haberlo hecho hace más de una semana, dos- entre apuros y caídas me olvidé de ponerme las pantuflas, tres- el hielo moja.
Mientras dejo caer el tubo, con una muñeca hinchada y una mano sentida por la patada, escucho una vocecita que me pregunta “¿Buenas tardes, le interesa afiliarse a una emergencia médica?”

La Era de la Tengología

Hoy en día todo se trata de tener. Tener pc, laptop, ipod, cable, tv plasma, cámara digital, mp3, mp4, mpMil, cds, dvd, banda ancha, banda larga, simétrica, asimétrica, todas las bandas posibles. Tener el play station 1, el 2 y cuánto más grande el número mejor. Tener wiFi, wii, y todas las palabras cortitas que pueda, si son chinas, mejor. Tener un celular, o dos, o incluso tres, en el más lindo de los casos. Tener un auto o un amigo con ídem. Tener, tener, tener...
Tengo lo que quería, pero ya no lo quiero y ahora quiero otra cosa. Precisaba lo que ahora tengo, pero ahora no es necesidad. Tengo que tener otra cosa. Tengo.
¿Será que también quiero tener un millón de amigos como Roberto Carlos? ¿O se trata sólo de un tener material? Tengo lo que puedo comprar... ¿Te puedo comprar? Entonces te quiero tener, te compro y te tengo. Te pongo en una repisa como un trofeo, te exhibo por la calle o enchufado a un cable, te pongo en mi mesa de luz como si no pudiera dormir si no estás en el cajón, te cargo la batería por la noche y durante el día te uso hasta agotarte, te uso mal y leo tu manual si me acuerdo dónde está, corrijo mis errores y te sigo usando, disculpame no quiero agotarte, te saco las pilas y las recargo por 14 horas. Te tengo y te uso hasta que me aburrís. Ya no te necesito, pero igual te tengo, y ¡qué suerte tengo de tenerte!
¡Es la era de la Tengología! ¡Qué bueno es tener! Cuanto más tengo más soy, cuanto más tengo más valgo, cuanto más tengo más me quiero y más me quieren los demás...