miércoles, 25 de mayo de 2011

Atando cabos

Estuvo muy ansioso esperando que ese día llegara. Su padre le había dicho que lo harían el domingo. Toda la semana sintió esas mariposas en la panza que dan pauta de que algo está por pasar, algo que esperamos y que, en la mayoría de los casos, queremos que pase. Le contó a sus compañeros del jardín y a todos sus amigos del barrio. Algunos no le creían, le decían que él era muy chico, que eso era muy difícil, que no podía ser. Casi ninguno de ellos había pasado aún por eso y no daban crédito a las palabras de Faustino cuando él afirmaba que el domingo sería el día. Su padre se lo había prometido. Sucedía, incluso, que en los momentos en que él no escuchaba, en el jardín comentaban: "no puede ser", "el lunes va a tener que demostrar si es verdad", "mi hermano tiene ocho y aún no sabe hacerlo".


El sábado de mañana se levantó de la cama y se calzó las pantuflas. Esperó que su madre preparara el desayuno mientras miraba los dibujitos. La familia tenía la costumbre de desayunar en el sillón los fines de semana, informalmente, en pijamas. Su padre se levantó y se fue al living con él. 
-Papá, ¿puede ser hoy?
-No, Faus, te dije que mañana. Yo me tengo que ir después del desayuno a terminar algo en la oficina, hoy no puedo, no tengo mucho tiempo. Pero tenés que prepararte bien. Mañana, cuando llegue el momento, tenés que estar concentrado y prestar mucha atención, esto es algo muy importante, ¿sabés?
-Sí, papá. ¡Va a ser un día especial!

El resto del sábado transcurrió como cualquier otro sábado. Algunas horas después del desayuno vino el almuerzo, después la siesta y después a jugar a la placita. En el arenero los amigos le preguntaron "¿Y?", "A ver, ¡mostranos!". Pero Faustino respondía que aún no había llegado el momento, iba a ser el domingo. Jugó hasta cansarse en las hamacas, en el arenero y con una pelota nueva que le habían regalado a Nico para su cumpleaños. Cuando empezó a refrescar y los adultos empezaron a llamarlos para irse cada uno a su casa, algunos le desearon suerte, otros lo abrazaban y asentían con la cabeza como hace un padre orgulloso cuando su hijo hace su primer gol. Algunos pocos envidiosos no le prestaron la mínima atención.

El sábado a la noche, ya bañado y cenado, se fue a la cama. Su madre le leyó algunas páginas de Alicia en el País de las Maravillas, como venía haciendo desde algunos meses. A Faustino le fascinaba ese libro. Le encantaba que Alicia se agrandara y se achicara comiendo torta y que hubiera un bebé que en realidad era un chancho. Pero esa noche, como su madre pudo notar, no dio mucho corte al cuento. Estaba pensando en otra cosa; en cosas de grandes.
-Hoy quiero dormirme temprano, no me leas más.
Su mamá le dio un beso, apagó la luz y lo dejó dormir. Pero, en realidad, en cuanto ella salió del cuarto, Faustino fue hasta el cajón de los zapatos y sacó un par de championes y los dejó al costado de su cama. Entonces se durmió tranquilo.  

El domingo se despertó más temprano que de costumbre y agarró los championes que había dejado al costado de la cama. Eran sus championes favoritos porque ¡tenían cordones! Todos los demás tenían velcro o hebillas…cosas de bebés. Pero esos no; esos championes eran de grandes porque tenían cordones. Con los championes en la mano, fue corriendo hasta el cuarto de sus padres, pero vio que su padre ya se había levantado. Entonces, corrió hasta el living y lo encontró leyendo el diario. Su padre cerró el diario en cuanto lo vio allí parado, en la entrada del living, con sus 90 centímetros de altura y una sonrisa de oreja a oreja…y, por supuesto, los championes azules en la mano.

El lunes, cuando llegó al jardín, Faustino entró saludando a todos como si fuera una estrella. Cuando llegó la hora del recreo, todos los niños corrieron desesperados para el patio como siempre hacían, pero Faustino caminó tranquilo y sin apuros, sin dejar de sonreír. La maestra se acercó y le preguntó si estaba bien.
-       Mejor que nunca, maestra.
Entonces le preguntó si no iba a jugar con los otros niños.
-       Estoy yendo, lo que pasa es que si corro mucho los cordones se me van a desatar y cuando me los ate todos estos niños me van a pedir que les enseñe, y ellos son muy chiquitos todavía.

domingo, 8 de mayo de 2011

Por tanto mirar...

Resulta que tengo un compañero de trabajo que todos los días parece diferente. Al principio, cuando recién lo conocí, todos los días me parecía casi una persona distinta. En un primer momento yo lo atribuí al cambio de ropa ya que, coqueto como es, todos los días viste con prendas distintas. Esa es una cualidad intrínseca de la ropa: influir sobre la apariencia de alguien. Una persona vestida de entre casa, al ponerse ropa de trabajo o de fiesta cambia, y en algunos casos llega a parecer una persona diferente. Pero lo que me extrañaba de mi compañero era que, si bien cambiaba de ropa (color de buzo, textura de camisa, tamaños de corbata), siempre mantenía la condición de "vestido de trabajo", por lo que el cambio de apariencia no debería pasar por el lado de la ropa. 

Entonces noté que algunos días se afeitaba y otros no, y me dije que debería ser esa la causa. Pero como todo en la vida, cuando uno presta atención a ciertas cosas, las perspectivas cambian. Por ejemplo, cuando uno se compra un auto empieza a notar la cantidad de autos de igual marca o igual color que hay en la vuelta. Eso es por la atención que se presta. Entonces comencé a prestarle atención a su barba. Pero para mi sorpresa, con el pasar de los días, la barba iba y venía sin que eso afectara mayormente la apariencia de mi compañero. 
¿Qué era entonces? ¡Ese asunto me estaba volviendo loca!
El pelo... tenía que ser el pelo, que al crecer le diera un toque diferente. Pero rápidamente descarté también esa teoría. 
¿Qué es? ¿Qué es?

Empecinada en develar el misterio, me propuse hacer un estudio minucioso del caso:
Lunes - camisa blanca, buzo rojo, pelo prolijo, barba cero.
Martes - camisa celeste, buzo azul, pelo prolijo, barba incipiente.
Y así trabajé arduamente en mi investigación, observando (procurando no ser notada), sacando apuntes.
Hasta que lo descubrí: mi compañero todos los días cambiaba de nariz. ¿De nariz? Sí, puedo afirmarlo, de nariz.
Observé y observé y esa fue mi conclusión. 

Mi compañero tenía la precaución de que el cambio no fuera demasiado notorio: un día aparecía con una nariz recta, de esas rectilíneas y con ángulos pronunciados; al día siguiente vestía una nariz de tipo griega, parecida a la recta, pero diferente; de allí, paulatinamente, pasaba a una nariz aguileña, no demasiado aguileña para que no se notara mucho; y con el correr de los días la nariz ya era respingada, o de bruja, o de la forma que se le ocurriera. 

Me pregunté por qué una persona cambiaría de nariz todos los días. Yo creo que no me animaría. Sí cambiaría de manos, por ejemplo, así cuando tuviera que amasar tendría unas manos enormes y fuertes, y un día que tuviera una fiesta tendría unas manos con dedos largos y delicados. Eso resultaría práctico, pero cambiar de nariz no tenía ningún sentido para mí. Resolví, entonces, preguntarle a mi compañero porqué lo hacía, pero estuve días y días juntando coraje y aún así no me animaba. Tenía miedo de ofenderlo.

Hasta que un día finalmente lo hice. Su sorpresa no fue menor al tomar conocimiento de que alguien lo había notado, y en principio se mostró reticente. Me negó rotundamente el hecho, diciendo que eran locuras mías. Pero yo estaba segura que no lo estaba imaginando… ¡hasta había hecho dibujos de sus narices! Viendo que yo no cesaba de mirarlo, día tras día, para averiguar qué nariz tendría en la ocasión, un día finalmente confesó. Me dijo que era verdad que todos los días cambiaba de nariz, pero me rogó que no se lo dijera a nadie. Me dijo que no sabía cómo explicarlo, pero simplemente cada mañana sentía la necesidad de cambiar de nariz. Entonces lo hacía. Diseñó una modalidad sumamente pensada para que el cambio no fuera brusco y nadie lo notara, y hasta el momento le había funcionado a la perfección.

Siempre miro mucho a la gente, es un defecto que tengo. A veces en el ómnibus me encuentro con miradas ofuscadas ante mi observación prolongada. Pero así como mi compañero no puede evitar cambiar de nariz, yo no puedo evitar mirar a la gente. Y el descubrir personas que cambian de narices es un riesgo que corro.

domingo, 1 de mayo de 2011

Esta es una historia real...

La noche es el momento esperado por muchos seres vivos que habitan la jungla: los animales nocturnos. Noctámbulos, hábiles y rápidos, estos seres aprovechan la oscuridad de la profunda noche para procurar su alimento. Ellos cazan de noche debido al clima y a que en la oscuridad sus sentidos se aguzan. Algunos ven en la oscuridad, otros tienen su sentido auditivo tan desarrollado que no precisan la vista, y otros se orientan por el olfato.

En la ciudad tiene lugar un fenómeno similar. En la jungla de cemento, un sinfín de criaturas carnívoras se agazapan al caer el sol y se disponen para la vigilia, el acecho y finalmente la embestida. Todas estas criaturas tienen su objetivo muy claro. Algunas, las más audaces, lanzan su ataque a tempranas horas y disfrutan de su trofeo por más tiempo. Otras, las más tímidas o inseguras, vacilan, dudan… y cuando por fin se deciden a actuar, muchas veces, ya es demasiado tarde.

La noche transforma a los seres vivos. Y mientras unos se apaciguan con la llegada de la oscuridad, otros ven su ánimo alterado, sacudido. La noche los llama y ellos deben responder a ese llamado.

Y existe un lugar al que acude esta última clase de criaturas nocturnas…


Esta es una historia real, le pasó a la amiga de una amiga. Todo ocurrió una noche de viernes... 
Ella se encontraba en un boliche de la ciudad de Montevideo. De pronto, fue que el hecho sucedió. Una voz masculina le dice en su oído...."aprovechemos que está sonando Coti".
Primera pregunta que se le viene a la cabeza: ¿quién carajo es Coti? Si hubiese sido una de esas fanatiquitas de la música romántica la respuesta le hubiera venido rápido a la cabeza, pero no. Por otra parte, ¿por qué deberíamos aprovechar que está sonando? ¿Sería que se trataba de una especie de conjuro y al momento de terminar la canción de Coti el boliche desaparecería y se convertiría en un galpón abandonado, y todos los bailarines volverían a ser roedores? Poco probable. Y por otro lado... deberíamos aprovechar ¿para qué?

Aprovechemos que está sonando Coti, tenés los ojos más lindos, contigo me caso, me gusta tu amiga, por vos dejo hasta a mi madre, me encanta tu pelo, ¿estudiás o trabajás?, sos la única que me provoca, te invito un trago, beso en la cabeza, te agarro la mano, tenés una sonrisa hermosa, te miro fijo como si pudiera hipnotizarte, te saco a bailar aunque no quieras y te declaro amor eterno... ejemplos claros de frases y conductas nocturnas (o nocheras, para ser más claros), tácticas de caza. Mejores o peores, pero tácticas al fin. 

Ella no quiso aprovechar que estuviese sonando Coti. La táctica falló. El cazador no llegó a su objetivo. Pero un fracaso raramente desanima a estos cazadores, quienes, perseverantes, no permanecen en un solo lugar, sino que continúan su búsqueda, incansables, creativos.