martes, 17 de enero de 2017

Y a tu alrededor, ¿qué pasa?


Es una realidad que nos hemos vuelto tristemente adictos a la tecnología. Y digo tristemente no porque tenga nada contra ella, la uso todo el tiempo, la disfruto, y la seguiré usando porque no soy tan ilusa de pensar que no sirve, sirve y para muchas cosas. Pero esta adicción nos está desconectando del entorno sin darnos cuenta. ¿Cuántas veces estamos con amigos o con la familia o incluso solos mirando un paisaje y sentimos la necesidad de agarrar el celular para ver qué está pasando en Twitter, o para chequear los mails o ver qué anda pasando en Facebook, o simplemente para subir esa foto de ese atardecer a Instagram?

¿Será que nos estamos volviendo incapaces de conectar con el ahora en el lugar en el que estamos? Me pregunto qué hacía la gente antes cuando se aburría en un cumpleaños o en una reunión social. Ahora tenemos el escape tan fácilmente al alcance de la mano que a veces no nos damos siquiera la chance de comprobar si es que estamos realmente aburridos o es que nos gana la adicción.

Nos pasamos leyendo posts sobre cómo se debe vivir la vida, sobre no olvidar conectarnos con nosotros mismos, le damos un like, un repost y por ahí queda. Pero, ¿hacemos algo para cambiar? Estamos tan cómodamente adormecidos que no nos damos cuenta del daño que esto nos hace, porque es parte de nuestras rutinas. A veces estamos más informados de lo que está pasando en la otra punta del mundo que de lo que le pasa a la persona que tenemos enfrente. Y levanto la mano como primera culpable. Somos todos un poco parte. ¿Pero no estaría bueno intentar cambiar esto? Aunque sea sólo un poquito, unas horas por día. Hacer el famoso pacto de dejar los celulares en un cajón en las reuniones de amigos. Cosas mínimas que pueden hacer la diferencia. El mundo va a seguir girando estemos o no estemos enterados de lo que está pasando todo el tiempo y en todos lados, y además, seamos realistas, ni siquiera podremos nunca cubrir ese rango. Entonces, ¿qué tal si nos preguntamos cada tanto "y a mi alrededor qué pasa?"...? Y dejar que nos lo cuente una persona, sin pantallas de por medio.

jueves, 17 de enero de 2013

Terca


Bajo el farol de la plaza solitaria, sentado en ese banco de madera tan adorado por los pájaros, el viejo le habla claro para que ella escuche…

¿Te acordás cuando nos conocimos, Normita? Vos vendías empanadas en aquella fiesta que ya no me acuerdo bien de qué era ni dónde, y quizás tampoco fueran empanadas lo que vendías, creo que eran pasteles, no, eran tortas fritas… bueno, no sé qué pero algo vendías. ¡Estabas tan linda! ¡Tan joven! Con tu pollera larga y tus rulos alborotados. Me mirabas de lejos pensando que yo no me daba cuenta. Me acerqué con la excusa de comprarte una empanada (sí, eran empanadas, ya me acuerdo). Una empanada de carne con pasas te compre. Aunque creo que nunca llegué a comerla. Te dije un par de cosas graciosas para ver qué hacías. Y vos sonreíste. ¡Estabas tan linda! ¡Tan linda! ¡Tan joven! Igual te hacías un poco la difícil, ¿te acordás?, jaja, claro que te acordás. Te pregunté si estabas soltera y te daba vergüenza contestar. Pero al final me dijiste que sí… y conversamos un poco más, justo como ahora, pero bien distinto. Por fin me dijiste tu nombre y dónde vivías. Al otro día fui a buscarte a tu casa y te invité a tomar unos mates. ¡Qué mala se puso tu madre! Yo no era un buen partido, parece. Y nunca lo fui para ella. Pero vos, vos querías jugar ese partido y lo jugaste. ¡Por suerte para mí! Siempre fuiste la misma terca y no había quién te hiciera cambiar de opinión. Y con esa misma terquedad te manejaste siempre… sí… no me interrumpas. Siempre te saliste con la tuya e hiciste las cosas a tu modo. Pero esta última te salió mal, Normita, porque tu modo era siempre hacerme feliz a mí. Y qué feliz que me hiciste siempre. Pero esta última te salió mal…. Te salió mal…

Bajo la luz tenue del farol, el viejo mira a su derecha y la ve, sonriendo. Él le sonríe también. Y la toma entre sus manos. Casi no pesa. La besa fuertemente, cariñosamente, largamente y moja su rostro de papel con una lágrima delatora… La guarda en su bolsillo y regresa al hogar vacío caminando despacio, como esperando que el tiempo, caprichoso, le dé la señal a él también.

martes, 4 de diciembre de 2012

Sin título, sin saludo.

Las mismas caras. Las mismas caras en los mismos lugares y pocos saludos. Montevideo es muy pequeña y su gente también. 


Las mismas caras en los mismos lugares, a horas repetidas. Pocos saludos, o ninguno. La ciudad nos apura y no nos deja saludar.


Las mismas horas para ver las mismas caras, y a veces verlas a otras horas y en otros lugares. Y ahí sí, algunos saludos. La rutina no nos deja saludar, pero el cambio, a veces, sí.


Los mismos saludos a las mismas caras y pocas cosas que decir y que escuchar. Es la vida robótica en la ciudad.

lunes, 21 de mayo de 2012

SOS shopping emergency


A esta altura de mi vida, me he dado cuenta que no sé comprarme ropa. En mi familia siempre me gastan porque dicen que soy una ratona, porque uso el mismo jean hace seis años, o porque todavía tengo el bucito de lana que me regalaron para los quince. El problema no es que sea ratona. El problema es que no sé comprarme ropa, entonces me evito el mal momento depositando esa responsabilidad en otros, que en ocasión de mi cumpleaños o algún día muy especial, colaboran con mi propósito.

Este mes me propuse no esperar a mi cumpleaños, pero fue más que nada por una cuestión meramente de necesidad. Y fue ahí que redescubrí y confirmé lo que he denominado mi “torpeza shoppística”. El tema es que pocas cosas me gustan y cuando finalmente encuentro algo que me gusta dudo, dudo, dudo, hasta que en un momento pido para probármelo y descubro que no hay de mi talle, o que queda solo el de la vidriera, o que van a entrar más “pero aún no sabemos cuándo”. En las raras ocasiones en que consigo lo que quiero es que pierdo. Pierdo porque con la ropa me pasa lo que a muchas mujeres les pasa con lo hombres: me engancho con algo que no me conviene. Por ejemplo: me compré un vestitido de invierno hermoso, corto, todo negro con lunares de colores y un cuello enorme. Soñado. El sábado tuve un cumpleaños y me terminé muriendo de frío….¿por qué? Porque no tengo ningún puto abrigo que pegue con el preciado vestidito. “Esto me va a servir para aprender”, me dije tiritando. Error.

Ayer, día del centro. Me encontré llenando un tiempo muerto antes de entrar a clase, y ¿adónde puedo haber ido? Como toda buena mujer que se precie de tal, me fui a mirar vidrieras a 18. El resultado fue que me compré un buzo a cuadritos de colores y unas botitas como de tejido peruano con una mezcla de colores sin precedentes. Salí feliz. ¡Qué buena compra! ¡El día del centro sí que es una pega! Ahora sí… este sábado para salir me pongo las botitas con… con… con… ¿el bucito a cuadritos de colores? WRONG! Con… con… con… ¿el vestido de invierno a lunares y sin abrigo? WRONG AGAIN. Damn it!

¿Qué me importa? Voy a imponer una nueva moda, la moda “vestimenta collage”, y al carajo con los personal shoppers del mundo.


viernes, 18 de mayo de 2012

A la rueda-rueda



Durante años, muchos años de mi infancia, jugué a la rueda-rueda. Me atrevería a decir que la mayoría de los niños uruguayos jugaron a la rueda-rueda en algún momento de sus vidas. Es una canción muy linda, muy pintoresca, sin mucho sentido a primera vista, ¿no? Pero súper linda y pintoresca. Ahora, con 26 años, me pongo a pensar en que nunca pude cantar la canción entera. O mejor dicho, la cantaba, pero siempre en una versión que se renovaba cada día. No porque tuviera aires de compositora, sino simplemente porque la letra no era fácil. Con la ayuda de mi amigo Google logré dilucidar el misterio y llegar a la letra real y original de la canción, a saber:

A la rueda rueda
De pan y canela
Dame un vintén
Que me voy a la escuela
Vino la maestra
Me dio un coscorrón
Que viva la pipa
Del vino carlón

Primera pregunta que se me vino a la cabeza: ¿qué corno será el vino carlón? Parece ser que el vino carlón sería un vino barato, de baja calidad. Según pude averiguar el término deriva de “Vino de Benicarló”, que con el paso del tiempo y gracias a la necesidad humana de economizar letras se redujo a simplemente “vino Carlón”. Las versiones de los niños de mi barrio iban desde “Que viva la pipa del vino escalón”, pasando por “Que viva la pipa del vino es calor”, hasta “Que viva la pipa y el vinoscalón” (por nombrar sólo algunas); pero definitivamente ningún niño que yo haya conocido mencionaba en momento alguno al vino Carlón.

Por otra parte está el tema del vintén. Aquellos que por ahí estaban más informados, o bien tenían padres de esos a los que les gusta trasmitir información general a sus hijos (por si algún día se veían sorprendidos en algún juego de preguntas y respuestas) podían llegar a saber que el vintén aludía a una moneda. Muchos otros repetían “dame un vintén” sin saber qué era lo que estaban pidiendo.

Capítulo aparte merece el coscorrón de la maestra. “Vino la maestra y me dio un coscorrón”. Acá no hay lugar a confusión. Cualquier niño, aunque sea por instinto o sexto sentido, se da cuenta que un coscorrón es un sopapo, un bife, un revés, una panadera, una lluvia de dedos, llamale H, pero de que es un golpe no quedan dudas. Y el detalle que no es menor es que el golpe viene nada más ni nada menos que de la maestra. 

Dicen por ahí que existe una versión de la cancioncita que reza de la siguiente manera:
“A la rueda rueda de pan y canela, dame un besito y vete a la escuela. Si no quieres ir, acuéstate a dormir.”

Pero nuestra versión, la de la maestra golpeadora y la apología del vino barato es mucho más guerrera. Es una canción pseudo capitalista que habla de la violencia y el consumo de estupefacientes en los centros de estudio. 

Conclusión: la rueda-rueda nos preparó para el futuro. 

martes, 15 de mayo de 2012

Un sueño soñaba anoche...


Confirmado, estoy quedando loca. Me despierto hoy de mañana y de golpe me acuerdo de lo que soñé. Recomiendo a los sensibles dejar de leer por acá, porque lo que estoy por contar no es fácil de procesar…

Soñé con una rata indocumentada. Sí, sí. De eso venía el sueño. Resulta que había una rata que no había tenido una vida fácil. Había perdido a su familia de muy pequeña y siempre la tuvo que pelear sola. El tema de no tener documentos le complicaba muchas cosas, y por medio de un conocido se puso en contacto con un falsificador de pasaportes (humano). El falsificador finalmente logra hacerle un pasaporte falso, con foto y todo, tamaño rata y tapas verdes. Justo en el momento en que le entrega la falsificación, cae en la casa del buen hombre un agente del FBI y se quiere llevar presa a la rata. Ella, ni tonta ni perezosa, se da cuenta de lo que está pasando y rápidamente se trepa a un árbol con una rama larguísima que le permite escapar. Logra llegar a un terreno lindero, con vegetación selvática. Y nadie volvió a saber de ella.

Si hay algún psiquiatra leyendo esto y quiere hacerme alguna pregunta o test, que no se abstenga. No puedo negarle a la ciencia el placer de investigarme. Saludos.-

jueves, 10 de mayo de 2012

Ohm...Ohm...Ohm...


Luego de un día de mucho trabajo y corridas desde la mañana, me disponía a ir a mi clase de yoga de las nueve de la noche. Por distintos motivos, se me hizo tarde e iba llegando con la clase empezada, cosa que detesto. Nunca me gustó llegar tarde a ningún lugar y me pongo muy de mal humor cuando quedo de encontrarme con alguien a las X y resulta que la otra persona llega a las X y media. En fin, como venía llegando tarde mi cabeza iba a mil pensando si la profe me iba a dejar entrar, si me iba a mirar mal, si me iba a tener que ir a casa cabizbaja y arriba de una frazada intentar torpemente practicar las series imposibles de ashtanga yoga que empecé a aprender hace una semana.

Pero por suerte no hubo miradas malas, ni reproches, ni expulsiones. Con un movimiento tímido agarré un “mat” y gesticulé a la profe como diciendo “¿puedo?” y ella con su mejor sonrisa me invitó a sumarme a la clase. ¡Qué alivio! De ahí en adelante todo mejoraría. Me costó un poco entrar en sintonía y varias veces casi me caigo de boca al piso, porque el ritmo acelerado que traía del día me la estaba complicando. Pero luego de unos 15 minutos ya me había interiorizado tanto con el clima de la clase que hasta podía jurar que había nacido en la India. Todo era paz, calma y concentración.

Cerca del final de la clase, hay un momento de relajación total en el que una tiene que yacer en el piso, con los ojos cerrados y tratando de relajar todos los músculos del cuerpo (cosa que, me consta, no es fácil aunque sí muy disfrutable). Ayer, cuando llegó ese momento, yo estaba acostada en pleno proceso de relajación cuando de repente siento una leve salpicadura en la cara. “¿Qué es esto?”, pensé. Mi conclusión en ese momento fue que la compañera que estaba detrás de mí tenía una botellita de agua que seguramente se había caído y en el proceso me había salpicado. Entonces seguí con mi relajación sin prestar mayor atención a la salpicadura; disfrutándola incluso, porque me gustan las sorpresas. Minutos más tarde, la profe se acerca sigilosamente y me empuja los hombros hacia al suelo, colaborando con mi relajación. Acto seguido me aplica un aceite con aroma cítrico en la frente y las sienes. ¡Una lluvia de placer! Relax total. “¡Qué genial esta clase!”, pensaba yo. Siempre con los ojos cerrados. Segundos más tarde…¡PLAC! Nuevas gotas en la cara. “Ya está, no fue la botellita. Esto es parte de la clase. Está todo pensado. Seguro la profe tiene alguna ramita con la que nos tira esta agüita especial. ¡Qué buen momento!” Disfruté mucho pensando que era todo parte del ambiente creado. El yoga es mucho mejor de lo que pensaba. ¡Qué gran estado de bienestar!

Cuando la profesora lo indica, nos incorporamos, pasamos a posición de Buda y abrimos los ojos lentamente… Qué raro… La profesora no tenía ningún implemento de “salpicación”. “¿Será que ya lo guardó?” Mhhh… Algo no estaba bien. Pasaron los tres ohm y la clase terminó.

En ese momento me pongo a arrollar el mat para guardarlo y el mundo me da una cachetada. La salpicadura refrescante y relajante…. ¡era una gotera del techo! Aterrorizada seguí con la mirada el camino inverso de la gota para descubrir que su origen era una mancha negra y mohosa del techo. El alma se me vino al piso. Descubrí que no me gustan taaaanto las sorpresas.

Pero, ¿saben qué? Fue así que concluí lo poderosa que es la mente. Uno puede convencerse de lo que quiera y ser feliz. Es verdad, probablemente en algún momento, alguna gotera te reviente contra la mohosa realidad. Pero, mientras tanto, carpe diem.