jueves, 23 de junio de 2011

Las horas

Una vez me pasó que andaba con miles de cosas para hacer. Venía con esas rachas en que todo parece ir a 500 por hora. El tiempo no me alcanzaba para nada de nada. Si comía no estudiaba, si estudiaba no dormía, si dormía no hacía deporte y si hacía deporte no hacía ninguna de las actividades anteriores. Ni hablar de juntarme con amigos y familia. Simplemente el tiempo no me daba. Rogué, lloré e imploré que las horas se alargaran, pero mis plegarias se perdieron en el éter y cada día comprobaba que los días seguían teniendo 24 horas, 1440 minutos, 86400 segundos... ni más ni menos.

Un buen día iba camino al trabajo, a las corridas como siempre, cuando de pronto me pego de frente con un viejo. Tenía un aspecto extraño, y seguramente si lo hubiera visto antes hubiera cruzado la calle. Ropa vieja y enmendada mil veces, barba de semanas y un gorro de lana que parecía tener más años que él. Paré en seco pensando que lo había lastimado con el golpe y le pregunté si estaba bien. Al hablarle me miró a los ojos y noté un brillo fuera de lo común en aquella mirada. Era como si el viejo supiera cosas que yo no sabía. Me contestó que estaba bien, que no me preocupara, y me preguntó adónde iba tan apurada. Le contesté que al trabajo y amagué con seguir en mi corrida, pero el viejo me agarró del brazo. No fue de forma violenta ni nada que se le parezca, simplemente me estaba haciendo notar que él tenía algo más para decirme. Me volví hacia él y lo miré de forma inquisidora.

-Tengo algo que puede interesarte- dijo.
Mi desconcierto no fue menor. Por supuesto que lo primero que imaginé distaba bastante de la legalidad. 
-Lo único que puede interesarme es llegar en hora a trabajar, si me disculpa.- Y nuevamente amagué con irme. 
-Puedo ayudarte.
Entonces, di una ojeada al reloj y vi que ya estaba llegando tarde. Un par de minutos más no harían la diferencia.
-¿Cómo?- pregunté.
- Sé detectar a las personas apuradas. No porque caminen rápido, eso no. A las personas que viven apuradas. Y vos estás viviendo apurada.
- Puede ser...- contesté desconfiada.
- Es. Y puedo ayudarte a cambiar eso.
- ¿Cómo? Es imposible, ya lo pensé y lo repensé pero no puedo ni quiero dejar de hacer las cosas que hago. No quiero dejar cosas, solo quiero que el tiempo me alcance.
- Te regalo 12 horas- dijo.
- ¿Me las regala?
- Sí, te las regalo. No acostumbro cobrar las horas. Me parece de mala educación. No podemos andar vendiendo el tiempo por ahí, puede resultar peligroso. Por eso yo lo regalo.
- Pero no entiendo, - contesté - ¿Usted puede regalarme horas? ¿Cómo funciona esto?
- Es simplemente así, yo te regalo las horas. Pero vos debes asegurarte de usarlas de buena manera. Si las desperdiciás, puede jugarte en contra, ¿está claro?
- Creo que sí - contesté sin creerme mis propias palabras.

El hombre me entregó una cajita. Me dijo que las horas estaban allí adentro y que cada vez que necesitara una solamente debía sacarla y usarla. También podía sacar varias de una vez, pero no todas juntas. Dicho esto, se dio media vuelta y se fue. 

Me encontré parada en medio de una calle que usualmente es muy transitada, pero que por algún motivo en ese momento se encontraba absolutamente desierta. Me vi a mí misma con esa cajita en la mano y no comprendí la situación. Sin reparar mucho en lo absurdo de todo eso, y consciente de que estaba llegando bastante tarde al trabajo, decidí hacer la prueba. Saqué una hora de la cajita y esperé. Nada pasó. Ningún ruido estruendoso, ni flashes, ni luces de colores, ni cámaras rápidas. Absolutamente nada. Entonces comencé a reírme.

- ¡Ah! Yo estoy mal de la cabeza en serio. Ya lo sospechaba, pero esto lo confirma. Aparece un viejo diciendo que me regala horas y ¡yo le creo! Estoy desquiciada en serio. Ahora, como si fuera poco, voy a tener que agregarme un par de horas semanales para visitar a la psicóloga. ¡Pero qué vergüenza! ¿Cómo le cuento esto sin que me quiera internar? 

En esas reflexiones me encontraba cuando llegué a mi trabajo. Imaginen mi espanto cuando al pasar por la maquinita para marcar tarjeta veo que aún falta un minuto para mi hora de entrada.

- Es oficial. Se me fue la moto.

Casi resignada por el reciente descubrimiento de mi trastorno psiquiátrico, comencé mi jornada laboral. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario