jueves, 17 de enero de 2013

Terca


Bajo el farol de la plaza solitaria, sentado en ese banco de madera tan adorado por los pájaros, el viejo le habla claro para que ella escuche…

¿Te acordás cuando nos conocimos, Normita? Vos vendías empanadas en aquella fiesta que ya no me acuerdo bien de qué era ni dónde, y quizás tampoco fueran empanadas lo que vendías, creo que eran pasteles, no, eran tortas fritas… bueno, no sé qué pero algo vendías. ¡Estabas tan linda! ¡Tan joven! Con tu pollera larga y tus rulos alborotados. Me mirabas de lejos pensando que yo no me daba cuenta. Me acerqué con la excusa de comprarte una empanada (sí, eran empanadas, ya me acuerdo). Una empanada de carne con pasas te compre. Aunque creo que nunca llegué a comerla. Te dije un par de cosas graciosas para ver qué hacías. Y vos sonreíste. ¡Estabas tan linda! ¡Tan linda! ¡Tan joven! Igual te hacías un poco la difícil, ¿te acordás?, jaja, claro que te acordás. Te pregunté si estabas soltera y te daba vergüenza contestar. Pero al final me dijiste que sí… y conversamos un poco más, justo como ahora, pero bien distinto. Por fin me dijiste tu nombre y dónde vivías. Al otro día fui a buscarte a tu casa y te invité a tomar unos mates. ¡Qué mala se puso tu madre! Yo no era un buen partido, parece. Y nunca lo fui para ella. Pero vos, vos querías jugar ese partido y lo jugaste. ¡Por suerte para mí! Siempre fuiste la misma terca y no había quién te hiciera cambiar de opinión. Y con esa misma terquedad te manejaste siempre… sí… no me interrumpas. Siempre te saliste con la tuya e hiciste las cosas a tu modo. Pero esta última te salió mal, Normita, porque tu modo era siempre hacerme feliz a mí. Y qué feliz que me hiciste siempre. Pero esta última te salió mal…. Te salió mal…

Bajo la luz tenue del farol, el viejo mira a su derecha y la ve, sonriendo. Él le sonríe también. Y la toma entre sus manos. Casi no pesa. La besa fuertemente, cariñosamente, largamente y moja su rostro de papel con una lágrima delatora… La guarda en su bolsillo y regresa al hogar vacío caminando despacio, como esperando que el tiempo, caprichoso, le dé la señal a él también.

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