Estuvo muy ansioso esperando que ese día llegara. Su padre le había dicho que lo harían el domingo. Toda la semana sintió esas mariposas en la panza que dan pauta de que algo está por pasar, algo que esperamos y que, en la mayoría de los casos, queremos que pase. Le contó a sus compañeros del jardín y a todos sus amigos del barrio. Algunos no le creían, le decían que él era muy chico, que eso era muy difícil, que no podía ser. Casi ninguno de ellos había pasado aún por eso y no daban crédito a las palabras de Faustino cuando él afirmaba que el domingo sería el día. Su padre se lo había prometido. Sucedía, incluso, que en los momentos en que él no escuchaba, en el jardín comentaban: "no puede ser", "el lunes va a tener que demostrar si es verdad", "mi hermano tiene ocho y aún no sabe hacerlo".
El sábado de mañana se levantó de la cama y se calzó las pantuflas. Esperó que su madre preparara el desayuno mientras miraba los dibujitos. La familia tenía la costumbre de desayunar en el sillón los fines de semana, informalmente, en pijamas. Su padre se levantó y se fue al living con él.
-Papá, ¿puede ser hoy?
-No, Faus, te dije que mañana. Yo me tengo que ir después del desayuno a terminar algo en la oficina, hoy no puedo, no tengo mucho tiempo. Pero tenés que prepararte bien. Mañana, cuando llegue el momento, tenés que estar concentrado y prestar mucha atención, esto es algo muy importante, ¿sabés?
-Sí, papá. ¡Va a ser un día especial!
El resto del sábado transcurrió como cualquier otro sábado. Algunas horas después del desayuno vino el almuerzo, después la siesta y después a jugar a la placita. En el arenero los amigos le preguntaron "¿Y?", "A ver, ¡mostranos!". Pero Faustino respondía que aún no había llegado el momento, iba a ser el domingo. Jugó hasta cansarse en las hamacas, en el arenero y con una pelota nueva que le habían regalado a Nico para su cumpleaños. Cuando empezó a refrescar y los adultos empezaron a llamarlos para irse cada uno a su casa, algunos le desearon suerte, otros lo abrazaban y asentían con la cabeza como hace un padre orgulloso cuando su hijo hace su primer gol. Algunos pocos envidiosos no le prestaron la mínima atención.
El sábado a la noche, ya bañado y cenado, se fue a la cama. Su madre le leyó algunas páginas de Alicia en el País de las Maravillas, como venía haciendo desde algunos meses. A Faustino le fascinaba ese libro. Le encantaba que Alicia se agrandara y se achicara comiendo torta y que hubiera un bebé que en realidad era un chancho. Pero esa noche, como su madre pudo notar, no dio mucho corte al cuento. Estaba pensando en otra cosa; en cosas de grandes.
-Hoy quiero dormirme temprano, no me leas más.
Su mamá le dio un beso, apagó la luz y lo dejó dormir. Pero, en realidad, en cuanto ella salió del cuarto, Faustino fue hasta el cajón de los zapatos y sacó un par de championes y los dejó al costado de su cama. Entonces se durmió tranquilo.
El domingo se despertó más temprano que de costumbre y agarró los championes que había dejado al costado de la cama. Eran sus championes favoritos porque ¡tenían cordones! Todos los demás tenían velcro o hebillas…cosas de bebés. Pero esos no; esos championes eran de grandes porque tenían cordones. Con los championes en la mano, fue corriendo hasta el cuarto de sus padres, pero vio que su padre ya se había levantado. Entonces, corrió hasta el living y lo encontró leyendo el diario. Su padre cerró el diario en cuanto lo vio allí parado, en la entrada del living, con sus 90 centímetros de altura y una sonrisa de oreja a oreja…y, por supuesto, los championes azules en la mano.
El lunes, cuando llegó al jardín, Faustino entró saludando a todos como si fuera una estrella. Cuando llegó la hora del recreo, todos los niños corrieron desesperados para el patio como siempre hacían, pero Faustino caminó tranquilo y sin apuros, sin dejar de sonreír. La maestra se acercó y le preguntó si estaba bien.
- Mejor que nunca, maestra.
Entonces le preguntó si no iba a jugar con los otros niños.
- Estoy yendo, lo que pasa es que si corro mucho los cordones se me van a desatar y cuando me los ate todos estos niños me van a pedir que les enseñe, y ellos son muy chiquitos todavía.
Que ternura Faustino! :)
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