jueves, 10 de mayo de 2012

Ohm...Ohm...Ohm...


Luego de un día de mucho trabajo y corridas desde la mañana, me disponía a ir a mi clase de yoga de las nueve de la noche. Por distintos motivos, se me hizo tarde e iba llegando con la clase empezada, cosa que detesto. Nunca me gustó llegar tarde a ningún lugar y me pongo muy de mal humor cuando quedo de encontrarme con alguien a las X y resulta que la otra persona llega a las X y media. En fin, como venía llegando tarde mi cabeza iba a mil pensando si la profe me iba a dejar entrar, si me iba a mirar mal, si me iba a tener que ir a casa cabizbaja y arriba de una frazada intentar torpemente practicar las series imposibles de ashtanga yoga que empecé a aprender hace una semana.

Pero por suerte no hubo miradas malas, ni reproches, ni expulsiones. Con un movimiento tímido agarré un “mat” y gesticulé a la profe como diciendo “¿puedo?” y ella con su mejor sonrisa me invitó a sumarme a la clase. ¡Qué alivio! De ahí en adelante todo mejoraría. Me costó un poco entrar en sintonía y varias veces casi me caigo de boca al piso, porque el ritmo acelerado que traía del día me la estaba complicando. Pero luego de unos 15 minutos ya me había interiorizado tanto con el clima de la clase que hasta podía jurar que había nacido en la India. Todo era paz, calma y concentración.

Cerca del final de la clase, hay un momento de relajación total en el que una tiene que yacer en el piso, con los ojos cerrados y tratando de relajar todos los músculos del cuerpo (cosa que, me consta, no es fácil aunque sí muy disfrutable). Ayer, cuando llegó ese momento, yo estaba acostada en pleno proceso de relajación cuando de repente siento una leve salpicadura en la cara. “¿Qué es esto?”, pensé. Mi conclusión en ese momento fue que la compañera que estaba detrás de mí tenía una botellita de agua que seguramente se había caído y en el proceso me había salpicado. Entonces seguí con mi relajación sin prestar mayor atención a la salpicadura; disfrutándola incluso, porque me gustan las sorpresas. Minutos más tarde, la profe se acerca sigilosamente y me empuja los hombros hacia al suelo, colaborando con mi relajación. Acto seguido me aplica un aceite con aroma cítrico en la frente y las sienes. ¡Una lluvia de placer! Relax total. “¡Qué genial esta clase!”, pensaba yo. Siempre con los ojos cerrados. Segundos más tarde…¡PLAC! Nuevas gotas en la cara. “Ya está, no fue la botellita. Esto es parte de la clase. Está todo pensado. Seguro la profe tiene alguna ramita con la que nos tira esta agüita especial. ¡Qué buen momento!” Disfruté mucho pensando que era todo parte del ambiente creado. El yoga es mucho mejor de lo que pensaba. ¡Qué gran estado de bienestar!

Cuando la profesora lo indica, nos incorporamos, pasamos a posición de Buda y abrimos los ojos lentamente… Qué raro… La profesora no tenía ningún implemento de “salpicación”. “¿Será que ya lo guardó?” Mhhh… Algo no estaba bien. Pasaron los tres ohm y la clase terminó.

En ese momento me pongo a arrollar el mat para guardarlo y el mundo me da una cachetada. La salpicadura refrescante y relajante…. ¡era una gotera del techo! Aterrorizada seguí con la mirada el camino inverso de la gota para descubrir que su origen era una mancha negra y mohosa del techo. El alma se me vino al piso. Descubrí que no me gustan taaaanto las sorpresas.

Pero, ¿saben qué? Fue así que concluí lo poderosa que es la mente. Uno puede convencerse de lo que quiera y ser feliz. Es verdad, probablemente en algún momento, alguna gotera te reviente contra la mohosa realidad. Pero, mientras tanto, carpe diem. 

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